La Virgen guerrera de Peto

Por GILBERTO Avilez Tax

Imagen de la Virgen de la Estrella de Peto. (Foto Bernardo Caamal)

Imagen de la Virgen de la Estrella de Peto. (Foto Bernardo Caamal)

Durante la segunda mitad del siglo XIX yucateco, y como producto de la Guerra de Castas iniciada en el verano de 1847, la Península literalmente fue dividida en dos territorialidades. La primera territorialidad, era la que constituía la jurisdicción política, militar y económica de Mérida y Campeche, el mundo de los blancos. La segunda, la que defendían, mediante tratados de paz o con las armas en la mano, los mayas pacíficos de Campeche y los mayas rebeldes de Chan Santa Cruz. Entre estas dos lógicas territoriales en conflictos, y durante buena parte de lo que restaba del siglo, y que subsistió de forma latente bien entrado el siglo XX, se encontraban los pueblos, villas y ciudades que vivían al borde de la “civilización yucateca”, los pueblos y ciudades más alejados de la irradiación del dominio blanco, y cuyos pueblerinos, en su mayoría mayas de dentro de la frontera yucateca y campechana, eran dirigidos por “estructuras mestizas” (no indígenas, aunque fuertemente imbricados del pensamiento maya por ser su lengua primera el maya, por hacer milpa, por tener todo ese basamento cultural mesoamericano al compartir mitos, creencias y supersticiones). Villas como Peto y Hopelchén, pueblos como Tzucacab y Santa Elena Nohcacab, ciudades como Tekax y Valladolid, habían logrado persistir el embate de las huestes mayas que en 1847 se levantaron en armas en el sur y el oriente, y que como una gran manga de langostas se habían apoderado de más de tres cuartas partes de la Península. Estos pueblos, villas y ciudades, durante el posterior repliegue indígena durante la segunda mitad del XIX en los bosques orientales y del sur de la Península, se habían convertido en los “centinelas avanzados”, en los “diques de la civilización yucateca”, y serían comenzados a nombrárseles, por la prensa meridana, como los pueblos o Partidos fronterizos,[1] y sus pobladores, los fronterizos, inmersos desde tempranos días por los ataques esporádicos que los de Chan Santa Cruz realizaron a las fronteras yucatecas para la vigilancia y defensa de su territorialidad creada, obtuvieron las experiencias de las armas pues sus villas, pueblos y ciudades, se convertirían en cantones militares de vigilancia yucateca ante una posible incursión de los de Chan Santa Cruz. Junto con el “oriente” (Partidos de Valladolid y Sotuta), los Partidos del sur (Peto y Tekax principalmente), según la prensa oficial de la segunda mitad del siglo XIX, serían el “dique de la civilización yucateca”. Una editorial de 1873 señalaba lo siguiente:

Los pueblos del Oriente y del Sur del Estado son como los centinelas avanzados de la civilización de Yucatán. Nos limitamos á asegurar, que el actual Gobierno considera entre las más imprescindibles de sus altas atenciones la que merecen esos pueblos, que en tantos años se han mantenido como diques opuestos á las irrupciones de la barbarie más tenaz y sanguinaria. ¿Qué gran ventaja obtendríamos con nuestro efímero reposo, con nuestras fiestas transitorias en las poblaciones situadas más acá de aquellas líneas fronterizas, mientras nos siguiese preocupando la triste idea de que de un momento á otro nos puede llegar la noticia de un pueblo nuevamente incendiado, de una carnicería más de nuestros hermanos y defensores, enturbiándose así nuestras satisfacciones y peligrando nuestras fortunas con las desgracias de una invasión á fuego y sangre de que no se sacian los enemigos jurados de toda raza civilizada?[2]

Este periodo de incursiones de los de Chan Santa Cruz a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, todavía es posible de rastrear entre los abuelos de los pueblos que fueron fronterizos, apelando al recuerdo, la memoria y las historias orales contadas de padres a hijos y a nietos. Por alguna extraña razón, esta memoria oral de las incursiones de los de Chan Santa Cruz, es más presente y fuerte entre el segmento maya de estas regiones, tal vez porque la memoria oral sea más fuerte todavía y no ha sido devastada por la imposición de memorias estatales mediante la educación homogénea. Durante el año de 2013, y la mitad de 2014, en la Villa de Peto y sus pueblos comarcanos como Tzucacab, Tahdziu, Dzonotchel, Kambul y otros, indagué en esas memorias orales de los abuelos mayas, y me topé con varias sorpresas, como estos dos relatos que inserto, donde se señala cómo una “patrona” dejó su nicho en los momentos en que los rebeldes de Chan Santa Cruz, durante un año de la segunda mitad del siglo XIX, querían tomar a su pueblo, y cómo los defensores de este pueblo se habían convertido, por unos momentos, exactamente en eso que Kevin Gosner tituló a su célebre libro. Se habían convertido en Soldados de la Virgen enfrentados con los soldados de la Cruz Parlante. Sin duda, tal vez los dos relatos sobre la Virgen de la Estrella, patrona de Peto, saliendo de su nicho, repartiendo parque y alentando a la población para la defensa de Peto, podríamos verlo como, más que un mito o “invento de curas”, como una forma de ideología yucateca alentando generalmente a las clases populares de Peto para la no emigración y abandono de la población. En más de una ocasión que se supo de la enésima invasión de Santa Cruz u otro grupo rebelde de las selvas orientales (para 1874 se habló de una supuesta “horda” de combatientes arranchados por los rumbos del pueblo desolado de Tituc haciendo la guerra a pueblos de la frontera de forma independiente a Santa Cruz), la poca gente de la región –población maya en su mayoría- optaba o amenazaba con el despoblamiento de la región hacia zonas más propicias y seguras, como la segura región meridana, pero en proceso de esclavización henequenera. Puedo concebir que estos relatos de la Virgen sean formas de resistencia con que las élites pueblerinas apelaron al sentimiento religioso de la mayoría de la población indígena de la región. Sin embargo, vale la pena imaginar que, utilizando las palabras de Lorena Careaga, si la “hierofanía combatiente” se presentó en los montes de lo que sería Chan Santa Cruz, ¿por qué no creer a don Raúl Cob y a Argelia Interián, que una nueva hierofanía, una aparición mariana tuvo lugar en las calles polvosas de Peto, y que la Virgen tomó partido por sus humildes hijos fronterizos?[3]

Primer relato, narrado por don Raúl Cob, de la Villa de Peto.

Entonces, que tres veces vinieron, tres veces quisieron entrar aquí los indios en ese tiempo, me dice mi papá; porque este camino de la escuela alta y el camino que va por “la placita”, por el hospital, es el único camino que había, es el único camino de entrada a Peto para ese tiempo, es el camino real. Entonces, por ahí venía el enemigo, desde lejos se ve que están viniendo. Es el único camino que entraba a Peto, dice mi papá. Las casas, solamente las que estaban así sobre una esquina de la plaza principal, no había más casas en esa época. Entonces, un día, cuando los indios entraron, entonces fue cuando actuó también ella…Entonces, que vieron, que están viendo que entre la guerra, entre el humo que está haciendo la guerra, había una señora que pasaba con su manto lleno de puros tiros, de puros cartuchos, repartiendo a la gente, a su gente aquí de Peto, que no se le gasta (termina) el parque; dando, repartiendo parque esa señora, ahí entre la guerra andaba repartiendo cartuchos para las carabinas. Eso se dio, y es cuando entonces los indios dijeron que no, que no podían ganar Peto. Que vieron eso los indios y gritaron que aquí no podían porque en Peto no se gasta el parque, ellos se rindieron porque los tiros de ellos se gastaban, pero de los de Peto no se gasta porque está repartiendo cartuchos la señora. Una señora alta, que era la virgen de la Estrella. Por eso Peto, desde mucho tiempo no se ganó. Todos los pueblitos de Chacsinkín, de Tahdziu, todo se quemó, están quemadas las iglesias de esos pueblitos. Porque ellos [los rebeldes], desde que entran, queman la iglesia. Es lo único que hacen, queman la iglesia. Y todos los santos los destruyen, pero acá no pudieron por la virgen. Ellos se dieron cuenta cuando vinieron, que no pueden porque nunca se va a gastar el parque de Peto, porque la virgen lo está repartiendo. Solamente Peto no fue ganado por los indios.

Segundo relato, narrado por Argelia Interián, de la Villa de Peto.

Dicen que era la virgen que andaba defendiendo el pueblo cuando la guerra. Mi abuelo lo conversaba. Lo de la virgen fue cuando vinieron los uiniques de por ahí de Quintana Roo. Todos los pueblitos de Quintana Roo que se juntaron y querían entrar a agarrar a Peto, a quemarlo como hicieron en todos los lugares, pero acá no pudieron hacerlo. Y los niños, hombres, mujeres y viejos veían que una señora alta, bonita, con su vestido blanco, aunque estaban disparando, aunque estaban corriendo las balas de los uiniques, ella estaba andando repartiendo parque en el centro del pueblo donde se habían atrincherado los defensores del pueblo. ¿Pues quién humano anda así en medio de tanta pólvora? Entonces, cuando ya terminó la guerra de castas, que hasta los santos estaban guardados y toda la cosa, pero ella, la virgen, como está cerrada su iglesia no tuvo la ventura que no abrieran su iglesia para quemarla como hacían en otros pueblos los rebeldes. Y cuando abrieron la iglesia y fueron a ver en donde está la virgen, vieron que estaba lleno de humo el nicho, está lleno de humo, y toda la ropa de la virgen, y su falda, estaba todo disparado, con huecos estaba el manto. Entonces, se supo que era ella la que andaba repartiendo parque en medio del ataque. Y los indios, cuando supieron esto, dijeron: “No pudimos agarrar Peto porque hasta la patrona de ese lugar no le tiene miedo al mismo diablo”. 

 

[1] Los partidos políticos eran una divisoria política por debajo de los distritos políticos, y que subsistió durante buena parte del siglo XIX, para desaparecer jurídicamente con el proceso de municipalización a partir del siglo XX.

[2] “Guerra de Castas. Guerra Civil I”. La Razón del Pueblo, 11 de agosto de 1873.

[3] Tanto los relatos que inserto en este artículo, así como la exposición de la segunda mitad del siglo XIX en la región de Peto, se encuentra en mi tesis doctoral Paisajes rurales de los hombres de las fronteras: Peto

(1840-1940), CIESAS, 2015.

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