Niños mayas del sur abandonados al frío

POR EDGAR Rodríguez Cimé

Foto Bernardo Caamal Itzá / Una vivienda en el sur de Yucatán. Dormir ahí en tiempo debe ser muy duro.

Foto Bernardo Caamal Itzá / Una vivienda en el sur de Yucatán. Dormir ahí en tiempo debe ser muy duro.

Como después de regresar de mi caminata diaria por las mañanas, al quitarme tenis y calcetas y ponerme las chancletas para realizar detalles cotidianos antes de bañarme, al sentir la heladez en los pies, pude comprobar –una y otra vez– la tremenda humedad salida del piso en esta época. Enseguida pensé en nuestros desprotegidos hermanos mayas del sur de la Península, donde el frío hizo descender los termómetros hasta los 5 grados centígrados.

Como cuando era un joven estudiante universitario tuve la fortuna de conocer de cerca la miseria imperante en las olvidadas comisarías de los municipios de Yucatán, a fines de los años setenta del siglo XX, y pude constatar que existían niños mayas que asistían descalzos a la escuela, a pesar de la terrible humedad que caracteriza a las regiones de clima trópico húmedo. En estos tiempos me surgía la duda si aún continuaban existiendo niños descalzos en nuestro estado.

El sábado 23 de enero en curso, el Por Esto! me dio la respuesta. A pesar de programas asistenciales del gobierno, como los que regalan cobijas, chamarras y zapatos a niños y ancianos, todavía existen en comisarías de Yucatán niñas y niños que, inhumanamente, asisten a sus humildes escuelas primarias en pleno siglo XXI, para vergüenza de quienes nos llamamos “animales racionales”, sin la adecuada protección en época invernal y, en el colmo, descalzos (algo ¡contra Dios!, como decía mi madre).

Como en Bombahaltún, olvidada y alejada comisaría de Oxkutzcab, donde se vive como hace siglos: sin teléfono, sin agua potable, y, en el colmo de una miseria joserevueltiana, hasta sin energía eléctrica, por lo cual el día de ellos acaba con los últimos destellos de la luz solar, a eso de las seis de la tarde, por lo cual obligadamente se acuestan a dormir muy temprano (cuando la mayoría de yucatecos se dispone a cenar sus sagrados alimentos).

Pero lo más lacerante para quienes presumimos de “civilizados”, es mirar a niñas y niños muy humildes vestidos en estos fríos días sin la ropa invernal adecuada y, algunos de ellos, sin zapatos, gracias a la exclusión social propiciada por un sistema económico inhumano caracterizado por exprimir a los de Abajo y privilegiar descaradamente a los de Arriba.

Muy aparte, es una lástima que los malos colaboradores del Gobernador, que se encargan –a medias– de repartir cobijas, chamarras y zapatos, no lean esta columna para enterarse que al no cumplir adecuadamente, llegando a medir y luego a entregar las prendas, a todas las comisarías de los 106 municipios yucatecos, seguirán existiendo situaciones dramáticas como la expuesta.

Al parecer, la forma adecuada de proporcionar ropa y calzado con tallas y medidas exactas para los niños, es primero tomándoles las medidas correctas para luego regresar y realizar la entrega final mediante una prueba de la prenda por cada niño de cada salón de clases hasta atender a todos los alumnos de cada plantel; en caso de faltar prendas de cierta talla, se realiza el cambio necesario. Pero, surge la pregunta, si así se hace en las escuelas de Mérida, por qué no se implementa de igual forma en todos los municipios.

Señor alcalde de cualquier municipio: ¿sería usted capaz de ponerse una chamarra de una talla más grande de la que normalmente usa, y luego pasearse por Plaza Altabrisa? ¿Verdad que la mera neta que no? Entonces, por qué autoriza, sin supervisar correctamente, una entrega de ropa a los estudiantes a medias, o mal hecha, por su equipo de colaboradores, perjudicando a los niños más humildes (o sea, a quienes van dirigidos los humildes apoyos), entregándoles chamarras “grandotas” o de plano desprotegiéndoles del invierno, como en Bombahaltún.

 Contacto de Edgar Rodríguez Cimé

(Colectivo cultural “Felipa Poot Tzuc”)

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