¿Menores homicidas? ¡También los hay en Mérida!

Foto internet / Una escena desgarradora

Foto internet / Una escena desgarradora

En Mérida también ocurren crímenes de niños a manos de adolescentes.

La foto de arriba, que circula en internet, es de la madre de una niña víctima en Mérida.

Dos menores de 14 y 16 años de edad se llevaron a una niña de siete años, M.E.P.Q., y la metieron a la vivienda de uno de ellos, contigua a la casa de la menor, donde ambos y un adulto de 33 años la violaron y asesinaron estrangulándola en un baño en construcción al fondo del terreno; luego la envolvieron en una sábana blanca y la semienterraron con bloques de concreto.

El crimen ocurrió entre las 4 y 5 de la tarde del viernes 1 de marzo de 2013. El cuerpo fue hallado en la noche del mismo día.

La violación y asesinato sucedió en Mérida, Yucatán, México.

La niña estaba al cuidado de unos parientes y salió de su casa para ir a la tienda. Su madre, que trabajaba al momento de los hechos, cuando regresó descubrió que su hija fue asesinada.

Al igual que el sonado caso que hoy impacta a México y al mundo, ocurrió en una zona de pobreza, como lo es la colonia Nueva San José Tecoh, en el sur meridano, y generó en Mérida una ola de indignación social y de demandas de justicia –castigo- aunque éstas no resonaron con creces en el ámbito mundial.

El caso se cerró con la detención de cinco personas: los tres mencionados como acusados de violación equiparada y homicidio calificado, y la madre del menor, de 42 años, y un septuagenario, acusados de encubrimiento. Tras el hallazgo del cadáver, el menor de 14 años –en cuya casa pasaron los hechos- señaló al de 16 y al de 33 años como autores del crimen; “ustedes la violaron y mataron, yo sólo veía lo que hacían”, les dijo.

Tres meses después, en junio de 2013, el menor de 16 años fue sentenciado a 10 años de internamiento como autor material de la violación equiparada y homicidio calificado de la niña; los cuatro restantes también seguían presos.

Dos años después, el mexicano Christopher Raymundo Márquez Mora a sus 6 años de edad se hizo famoso en el mundo, no por algo que hiciera sino porque lo que le hicieron.

Aunque luego alegaron que jugaron al secuestro y se les pasó la mano, cinco adolescentes –dos varones de 15 años, dos mujeres de 13 (una de ellas una rarámuri que no habla español) y un varón de 12, entre ellos tres hermanos de 15, 13 y 12 años que son primos del padre de Christopher- lo mataron en pandilla en la noche del jueves 14 de mayo.

El crimen puso en el mapa mundial de la violencia cruenta a la colonia Laderas de San Guillermo, en el sureste de Chihuahua, capital del estado del mismo nombre.

Los adolescentes visitaron al niño en su casa, lo invitaron a jugar y lo llevaron al cauce seco de un río cercano, sin que sospechara que él, su vida, sería el juguete.

En ese sitio sufrió la tortura, agonía y asesinato a sangre fría: lo amarraron de pies y manos, se dice que cuatro le lanzaron pedradas a la cara, y uno le golpeó con un palo con espinas y lo sofocó hasta morir presionándole el mismo palo en el cuello.

Luego, se dice, una menor de 13 años cavó un hueco, donde lo tiraron. Uno le propinó una puñalada en la espalda para asegurarse de que realmente murió; se sospecha que quien lo hizo fue el autor intelectual del homicidio.

El cadáver del niño fue hallado el sábado en la tarde y sepultado el domingo 17.

“Le quitaron los ojos, le partieron el labio, le rebanaron el cachete y le asestaron hasta 27 puñaladas por la espalda…”, precisó una tía del menor en el velorio, en el cual el pequeño cuerpo estuvo en una bolsa.

Los medios reportan que el crimen se perpetró en una colonia donde predominan las familias monoparentales, con un padre, y donde uno o los dos padres se ausentan durante muchas horas debido a que invierten hasta tres horas en el deficiente transporte para ir a trabajar, principalmente en maquiladoras, donde laboran largas jornadas y cobran salarios paupérrimos, en tanto los hijos se quedan al aire y no es raro que sean víctimas de vendedores de drogas, de violadores o ladrones.

De la familia de Christopher los medios indican que vecinas lo veían andar en las calles empujando la carriola de su hermana con discapacidad y que el propio niño les dijo que evitaba quedarse en su casa de noche porque su madre no estaba y temía que le pasara algo ahí solo. La madre dijo a los medios que el jueves 14 sólo entró a apagar una olla de frijoles y al salir de nuevo a donde jugaba el niño con unos vecinos, no lo encontró, y se puso a buscarlo.

De los agresores, también vecinos señalan que eran el azote de la colonia, que desmembraban vivos a gatos, perros y gallos, que amenazaron con quemar todas las casas que pudieran y sí incendiaron casas, abandonadas.

El crimen ocurrió en un mes en que el gobernador de Chihuahua, César Duarte Jáquez, abrió y mantiene la Galería de la Memoria y Recuperación de la Paz, que muestra fotos de cuerpos humanos desmembrados en cuatro pisos de un edificio y en el quinto nivel fotos de niños sonrientes jugando entre palomas en plazas públicas, para recordar que de 2000 a 2010 este Estado vivió “el horror de la violencia” causada por los carteles de drogas y desde 2010 vive en paz social.

El caso de Christopher, un niño, basta por sí solo y con creces para desmentir el anuncio oficial de que ya se recuperó la paz social en Chihuahua.

Los casos de los cinco adolescentes también lo desmienten.

Christopher ya fue sepultado, sus cinco victimarios están encerrados (dos en un reclusorio para adolescentes y sujetos a proceso, y tres en un albergue del DIF), ¿pero qué pasa o sucederá con los demás niños y adolescentes que día a día viven en los cinturones de pobreza de Chihuahua –y otras comunidades del país, como el sur de Mérida- o con uno o dos padres ausentes y, por ende, vulnerables a los delincuentes? ¿Seguirán corriendo el riesgo de ser, a corto o mediano plazo, víctimas -como la niña de la Nueva San José Tecoh o Christopher- o victimarios como los cinco adolescentes recluidos desde este mes?

De cada mexicano, cada familia y cada gobierno –federal, estatal y municipal- depende la respuesta. ¿Cambiamos para cambiar la conciencia y conductas de nuestros niños o seguimos iguales?

Si no hay transformación, Christopher habrá muerto en vano, como otros tantos niños de México.

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