El tren que salvó a Estados Unidos pero que hundió a los indios originarios

Caballo Loco, líder indio

El poder de un tren que funciona como punta de lanza que trae muerte y destrucción a los pueblos originarios podemos verlo en The West, El oeste, una serie de ocho capítulos disponible en Netflix.

La producción, desde luego, destaca la rápida expansión de los Estados Unidos hacia el Oeste como una medida para salir de la Gran Depresión, no la historia de los indios del norte.

No obstante, la serie tuvo que incluir a los aborígenes y darles el lugar que les corresponde en esa “etapa despreciable de la historia de los Estados Unidos”, según opinó uno de los historiadores entrevistados.

Para destrabar la economía y dar esperanza a su gente, el presidente de Estados Unidos en turno ofreció extensiones de tierras a las compañías ferroviarias que construyeran vías en territorio vírgen del Oeste. Tierras sin embargo que tenían dueños y estaban ocupadas.

Se construyeron las vías y llegaron los trenes, y los indígenas se opusieron, lucharon y no cejaron de pelear para proteger su territorio y “su estilo de vida”.

Dos líderes encabezaron la resistencia, Caballo Loco y Toro Sentado.  Dos hombres valientes que aman su tierra, sus dioses, su manera de vivir.

A la resistencia india se antepuso la fuerza militar y ésta se cebó en indios, niños y ancianos y mujeres.

Caza de búfalos desde el tren

Con el afán de minimizar los daños, en una salida política, el presidente en turno ordena la creación de las “reservas” donde los indígenas serían intocables. Una gran mayoría ocupa esos espacios pero no los dos líderes guerreros y sus pueblos, que prefieren luchar y morir.

El decreto presidencial protege a los indios de las reservas, pero los que anden fuera de ellas serán considerados enemigos. La cacería está declarada.

Tuvieron los indígenas victorias militares notables, pero no suficientes.

Fracasada la salida política, el factor militar fue decisivo.

La situación empeoró porque entonces fue descubierta una veta de oro en las llamadas Colinas Negras que, para desgracia de los indios estaba ubicada en la reserva. De nada sirvió que el espacio estuviera protegido por orden presidencial.

Los indios se negaron a vender esa área al gobierno de Estados Unidos. En esta ocasión habría dicho Toro Sentado aquella famosa frase, tomando una pizca de tierra entre los dedos: “Me niego a vender más tierras, ni siquiera esta pizca”

Miles de colonos invadieron el lugar atraídos por el oro y la lucha de los indios pareció interminable.

Una medida radical para someter a los aborígenes fue la exterminación de los búfalos,  alimento predilecto de los indios. Cazadores de diferentes puntos del país viajaron al Oeste para cazar búfalos y unos destacaron por su gran puntería, como Búfalo Bill. Creativos los estadounidenses, inventaron la “caza desde el tren”. Así los cazadores o aficionados podían liquidar a los búfalos montados en el tren.

Toro Sentado de regreso a su reserva

Sin búfalo no hay indios. Exterminando los búfalos se exterminaba también su estilo de vida.

Por el bien de su pueblo y su familia, Caballo Loco ingresa a las reservas y poco más tarde entrega las armas.

Toro Sentado y su gente siguen durante un tiempo a los búfalos hasta Canadá pero luego regresa para ingresar a la reserva. No obstante, inquieto hace un último intento por preservar su cultura y se une a una especie de circo para intentar “revitalizarla”, pero regresa defraudado al poco tiempo.

Es conmovedora la toma donde aparece Toro Sentado en uno de los asientos de los vagones del tren. El tren que les trajo la destrucción. Todo estaba perdido.

Caballo Loco y Toro Sentado fueron asesinados, se supone por “accidente”.

Caballo Loco fue ultimado a bayoneta el 5 de septiembre de 1877 y Toro Sentado el 15 de diciembre de 1890.

El progreso nunca es equitativo.

El tren trajo prosperidad, ciertamente, pero para los blancos de Estados Unidos. A los indígenas sólo trajo destrucción, dolor y muerte, la pérdida de su territorio y su vida.

Toro Sentado abatido a balazos

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