Cuando el racismo duele (a los racistas)

Por Juan Carlos Faller Menéndez

Familias mayas visitan la Feria de Xmatkuil, en Mérida

Hace unos días un amigo de Facebook compartió un chiste racista: un rostro con rasgos indígenas era comparado con una composición hecha con rostros (entre ellos, uno de Nezahualcóyotl y uno de Benito Juárez) tomados de tres billetes, diciendo algo así como “esta señora tiene cara de 620 pesos”.

Sabiendo de antemano que mi amigo no es intencionadamente racista, y pensando que podría hacerle razonar, comenté su publicación: “Es un chiste racista. Ojalá te des cuenta”. Pero pronto salió alguien a decir que “es sólo un chiste”. Y tuve que abundar: “No. Es un chiste racista con una intención perversa: normalizar el racismo”. El “chiste” provenía originalmente de un perfil de Facebook llamado “Prietos en Aprietos”, y en ese momento había sido compartido más de 46 mil veces.

Para aclarar mi punto usé una comparación, sabiendo que tocaría fibras sensibles: “¿Qué tal si en vez de rostros de billetes, se hubieran usado fotografías de niños con síndrome de Down para hacer la composición? Porque también hay gente que los discrimina.”

Para no hacer largo el cuento, pronto se congregó un grupo de ofendidos por mi atrevimiento. Con tal de no aceptar el racismo del chiste racista (ni su soterrada intención de normalizar esa perversión moral), el grupo contraatacó: me acusaron de discriminar a las personas con síndrome de Down; un representante del grupo me llamó por teléfono para retirarme el saludo, y se armó un pequeño movimiento para tratar de aislarme (infructuosamente) de otros círculos de amistades.

Para ser sinceros, me sorprendió la cerrazón y la virulencia con la que reaccionaron mis conocidos. ¿En qué momento mi argumento fue tan ofensivo? Cualquier rostro humano, de hecho, puede ser simulado con imágenes de otros rostros humanos, sin importar el número de cromosomas de estos o de aquéllos. La cuestión es la intención con que se hace la simulación y el discurso con el que se acompaña.

Y me cayó el veinte: la “ofensa” estuvo en que sugerí que el rostro con rasgos indígenas (del que se habían burlado) podría ser simulado también con imágenes de un tipo humano al que ellos (yo también) sí son sensibles a su discriminación.

A fin de cuentas, a mis conocidos acabó doliéndoles su propio racismo. Pero como no lo aceptan, el culpable soy yo. Ojalá les caiga el veinte.– JCFM, Mérida, septiembre de 2018.Contacto:  [email protected]

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