“Mi padre iba a ser un wáay”

POR JOSÉ Natividad Ic Xec *

Los wáay existían desde la antigüedad; existen hoy día para alegría nuestra

Los wáay existían desde la antigüedad; existen hoy día para alegría nuestra

La detonación seca del rifle sobresaltó a más de uno de los vecinos que estaban profundamente dormidos en el pequeño pueblo de Tixhualahtún (Peto), pero para mi padre fue mucho más que eso: fue un disparo que cortó de tajo su carrera de wáay (un hechicero que tiene la capacidad de transformarse en un animal).

Sobre la albarrada de un solar cercano, los cazadores no lograron rastrear las huellas de sangre que había dejado un perro negro de descomunal tamaño, con dos dientes de oro, herido como estaba.

Unos días antes del incidente, un anciano había hecho esta confidencia a mi padre: “Luis: yo ya estoy viejo, sin familia y sin hijos. Lo peor es que no tengo a quien heredar mi ‘arte de hacerme el wáay’. ¿Cómo es que no aprendes tú? Yo te lo enseñaré con la condición que no se lo digas a nadie.

“Joven como era entonces, me gustó la idea, así que no lo pensé mucho y fijamos el día de la primera lección”, me refirió mi padre un día junto a la albarrada de la reja de la entrada a la casa en Peto.

Pero los días del anciano wáay estaban contados, y la noche antes de la primera lección caía abatido bajo los disparos de sus perseguidores. Moribundo, en su hamaca, pidió perdón: “Me descuidé y lo he pagado Luis. Me hubiera gustado enseñarte de verdad.”

Algunos días después mucha gente llevó a sepultar a don Venancio, un modesto anciano con dos dientes de oro que vivía en las afueras del pueblo, muerto de una herida accidental de hacha en el pie en la milpa, según se dijo.

La figura del anciano wáay amigo de mi padre me ha fascinado siempre, una historia firmemente fundamentada por muchas otras relatadas por mi abuela materna, quien había sido testigo de fechorías de wáayes mucho más temibles que habitaron en las antiguas poblaciones de Maní, Sotuta, Mama, Chumayel. “U lu’umil wáayo’ob’” (la tierra de los wáay), decía ella.

Los wáayes salen a sus correrías nocturnas después de la media noche, aunque a veces antes. Si alrededor de esta hora terrible usted oye retumbar nueve veces el suelo y luego oye llorar a los perros, incluidos los más bravos, que se apretujan contra su puerta queriendo entrar aterrorizados, quizás tenga usted un vecino que ejerce este antiguo oficio.

Los wáayes hacen travesuras, pero en algunos casos hacen verdaderas maldades por venganza. Por lo general, gustan jugar la comida guardada en las cocinas de sus víctimas, meterse en donde duerme la gente y sentarse encima de ellas a quienes infunde un sueño profundo.

Se conocen historias de wáayes lascivos que aprovechando sus artes demoníacas se meten en las hamacas de las jovencitas, las desnudan y las lamen y babean sin que ellas lleguen a saberlo. Después de varios días, la salud de la joven víctima comienza a declinar y se manifiesta en la falta de apetito, la pérdida de color de la piel y debilidad muscular extrema. En estos casos sólo los conocedores de estas artes malignas son capaces de sospechar las causas del mal.

Camino a su visita de novio, un tío mío, Medardo Ic, fue arrollado por un cerdo enorme. Una vez en el suelo el animal lo siguió embistiendo y pisoteando. Unas personas que pasaban en ese momento ahuyentaron con piedras al marrano. Luego se supo que el ataque fue “encargo” de uno de su rivales en el amor de su novia.

Si la víctima es muy odiada, el wáay orina o defeca encima de ella. De ahí la creencia de que dormir con los calzoncillos puestos al revés los repele gracias a la cruz que forman las costuras de la prenda. Otras veces los wáayes simplemente salen a la plaza a tomar el sereno, cómodamente sentados en una banca. “Hoy no hay muchos wáayes; la llegada de la iluminación eléctrica los ha obligado a replegarse en sus actividades”, opina un abuelo de Sotuta, conocedor del tema.

En un visita reciente a Maní pregunté a una señora que pasaba frente al famoso Convento si había en el pueblo algún wáay sobreviviente. Ella se quedó mirando, como que no se creía la pregunta, y finalmente me dijo que mejor preguntara a un viejito que vivía en las afueras de la población, que seguramente sabría de esas cosas más que ella. Pero estaba escaso de tiempo y tuve que renunciar a buscar al abuelo.

Sin embargo, es probable que ya no quede un wáay en el Mayab, lo cual constituye también la pérdida de un poderoso elemento de la cultura maya, además de la lengua. Un hombre que se convierte en un animal (gato, perro, chivo…) en virtud de unas palabras mágicas y de unos cuantos volantines (según la creencia popular, pero que sin duda hay algo más) es increíble, una tontería para la mentalidad cientificista, sin embargo los uáayes son o fueron una realidad.

Hay cosas en las que creemos y no son ciertas; otras en las no creemos y son ciertas, escribió Umberto Eco.

  • Historia tomada del libro La mujer sin cabeza y otras historias mayas (Ciesas)
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